jueves, 11 de agosto de 2011

Reflexiones desde el margen # 21

La tecla

Veo seres dorados, de alas blancas, creados por artesana mano divina, uno a uno. Todos distintos, todos iguales, todos hechos del fuego que late en el corazón de galaxias lejanas preñadas de estrellas, todos de naturaleza aérea, de caminos anchos e infinitos...
… y todos a ras de tierra, con las alas plegadas, el fulgor de la piel apagado, apiñados, sin conciencia del otro, sordos, sin saber qué es aquello que son, viviendo pequeñitas vidas como cabeza de alfiler.
¿Cómo despertarlos, cómo elevar la voz, cómo atronar la Tierra para que alzen la mirada, para que caiga el velo de los ojos?
No existe tecla alguna que pulsar para producir el despertar... quizá tan sólo quede... amarlos.

Amemos, mientras observamos el vuelo de las hojas otoñales.

domingo, 19 de junio de 2011

Reflexiones desde el margen # 20


Los límites. La vida fragmentada

No suelo releer lo que escribo, más allá del simple mantenimiento de una mínima higiene gramatical y de estilo. Sobre el papel queda. Perdón, eso era antes (discúlpese el desliz nostálgico... ). Sobre "la nube" de bits queda, quiero decir.

No me importa mucho la forma, el continente. Me quedo con la espontaneidad y la, si se me permite, visceralidad... Es decir, una tendencia a navegar al pairo, de forma contemplativa, aunque con las velas desplegadas, preparado para recibir buen viento... Un cierto automatismo, en alguna medida "vegetativo", con centros de decisión autónomos, sin conexiones con la consciencia y la voluntad. Una forma de escribir, yo diría, que "intestinal", "pancreática". Es, quizás, una táctica para rodear y escapar silenciosamente del control de la voluntad consciente, controladora, censora, policial, del ego, para poder navegar libre.

Esta vez, sin embargo, sí he leído algo de lo dejado escrito, desde que abrí esta suerte de "espita" del caos interior, que es este humilde blog. Lo que he encontrado es cierta tendencia a la oscuridad, al peligroso buceo de profundidad, donde el amparo del aire libre y de la luminosidad no están aseguradas, donde el suelo es apenas perceptible y el cómodo y familiar mundo cartesiano de arriba-abajo, izquierda-derecha no existe.

Una querencia a la aventura extrema, sin garantías, a la búsqueda de lo desconocido, de monstruos de múltiples rostros, de demonios de ojos fríos, de ángeles disfrazados, de mensajes indescifrables, de pistas contradictorias. La búsqueda de los límites, como los montañeros de los ochomiles, sin comodidades, sin facilidades, sin oxígeno, sin miedo al miedo.

Las extremas profundidades, las extremas alturas. Los límites se tocan misteriosamente.

Algo vive allí, en los extremos, en las zonas inhóspitas. Eso, ello, está conectado a nosotros, a nuestra apacible y controlada existencia en la superficie. Es parte de nosotros, pero lo queremos lejos de nosotros. Eso, ello, habita en zonas tan profundas, que es común a todos, nos hace iguales desde abajo.

Si en un viaje a lo profundo lo intuimos, y nos llevamos su impronta (inefable) con nosotros, hacia arriba, donde la fresca brisa acaricia nuestros rostros, donde el sol calienta nuestra piel, podemos ver al otro, al desconocido, al anónimo, y decir, desde lo profundo... -hola! Te conozco. Eres como yo y yo soy como tú. Toda diferencia entre nosotros no importa más que un segundo en toda una vida-

Conocer las profundidades y sus secretos es conocernos a nosotros mismos.

El viajero de las profundidades, al final, quizás descubra que no hay un cálido arriba y un oscuro abajo, que todo es escenario engañoso y puesta en escena de la conciencia, que todo es fragmentación.

Desde abajo, donde no es posible la existencia del engaño, miramos hacia arriba y vemos seres fragmentados, el “sí mismo” se encuentra fisurado en múltiples piezas desconexas entre sí, autónomas, incluso enfrentadas: el ser de vida segura y luminosa esconde oscuras y profundas fisuras, vive diferentes vidas, cada una pequeñita, esclerótica. Un yo para la vida-trabajo, otro yo distinto para la vida-familia, otro para el yo-amigos, otro distinto para el yo-para-mí. Ningún yo para el universo, para la eternidad, para las profundidades insondables donde descansan llaves de conocimiento

La vida compartimentada en celdas estancas e impermeables.

Buceemos sin miedo, busquemos los límites, la manera de encontrar la unidad, una sóla vida, una gran conciencia, más allá de lo individual, pero con autoconocimiento, más allá de lo colectivo, pero todos juntos... hacia lo más alto, desde lo más profundo, hacia las estrellas.

sábado, 7 de mayo de 2011

Reflexiones desde el margen # 19

Honor y dignidad

Absolutamente desaparecido el primero, retorcida y corrompida la segunda.
Los diccionarios ofrecen definiciones insuficientes de conceptos tan sutiles.
El honor es un estado vital. En él se encuentra aquél que vive en el instante, cada instante, sobre la cuerda floja de la rebeldía al engaño. A cualquier engaño. Al pequeño y al grande, al trascendente y al intrascendente, al ajeno y, sobre todo, al propio... Es una forja continua, al calor flamígero de la rebeldía, sobre el yunque de la libertad -siempre presente, absolutamente inevitable-, con el martillo de la voluntad. Así el espíritu toma forma, se convierte en ligero y fuerte, aprende a vivir con los sentidos afilados como una espada, inmune a las tentaciones continuas de lo fácil, lo cómodo. Es más fácil y cómodo mentir, que decir la verdad; golpear, que abrazar; aborrecer, que sentir al otro como si fuera uno mismo; escarnecer, que curar heridas... Es más fácil y cómodo ver la fealdad en el otro que en el espejo; culpar al otro en vez de observar nuestras faltas; inventarse al otro, que esforzarse por buscar su realidad; ver pequeños hombres en los demás, y considerarse uno un gigante; alimentar el monstruo de la vanidad devorando al prójimo... Es más fácil y cómoda la soberbia, en vez de la humildad -el vanidoso quiere ser más que el otro, el soberbio es más que el otro-; envidiar que regalar alegría... Es más fácil y cómodo dejarse atrapar por el miedo, que vivir al margen de él; más fácil tenerle miedo a la muerte -un miedo interiorizado, fuente infinita de engaño-, que aceptarla como a la luz del día...
El que escoge este camino, destensa los músculos, convierte la lucha en música, el sacrificio en bálsamo. Consigue acallar la mente, ese bla-bla-bla hipnotizador y mortecino. Es el camino de la caridad y piedad occidentales, o la compasión oriental -variaciones de lo mismo-, del amor.
Este es el bosquejo, a mi humilde juicio, del hombre con honor. Es la única forma de vivir con dignidad. La dignidad es la consecuencia de la fuerza que rodea al hombre honorable. No es un derecho, es una actitud, es una forma de ser-estar. Es inevitable. Como es inevitable sonreír en la alegría. El hombre con honor no escoge ser digno, es digno, y ésto es algo que no es atribuible desde el exterior, no es un premio, es una emergencia desde el interior, que se aprecia desde el exterior.
El honor y, por ende, la dignidad no son derechos innatos, sino adquiridos, fruto de decisiones voluntarias.
El bellísimo artículo primero de la declaración universal de derechos humanos conviene leerse desde cierta perspectiva. Joseph Mengele no nació con honor y dignidad, ni lo contrario. Era, como todos los recién nacidos, un maravilloso milagro, todo potencialidad, impoluto e inocente de actos. Más tarde, a lo largo de su vida, decidió vivir sin honor y, por tanto, sin dignidad.
Desconfianza de los caminos fáciles, es débil el candil que ilumina el sendero.
Y, mientras tanto, miramos hacia arriba, y vemos la belleza de la arboleda desnuda, sobre una densa alfombra de fragantes hojas otoñales.

lunes, 25 de abril de 2011

Reflexiones desde el margen # 18

Oír, escuchar, entender

Sólo palabras, cáscaras, pieles usadas por cientos de millones, máscaras. Oímos mal, escuchamos peor, no entendemos nada. Mejor dicho, no oímos a nadie, no escuchamos a nadie, no entendemos a nadie. Oímos y escuchamos espejismos, entendemos "luz de gas".
¿Cómo llegar al otro? ¿Cómo entenderlo? ¿Cómo obrar el prodigio?
Alguien habla y otro oye, incluso con atención, es decir, escucha... ¿y cuál es el resultado del proceso? Absolutamente nada.
El acceso al otro está bloqueado. Es imposible. Queremos hacerlo, la mayoría deseamos hacerlo.
Creemos entender al prójimo, conocerlo mediante lo que nos dice, mediante lo que vemos que hace, mediante la información que otros nos proporcionan. Otros a quienes, a su vez, creemos entenderles mediante lo que nos dicen, lo que vemos que hacen… Así construimos personajes, uno tras otro, hablamos con ellos, ellos nos hablan a los personajes que somos, a su vez, nosotros…
Montones de personajes imaginarios, miles, millones, accionando, incidiendo unos sobre otros, sobre las bases de conocimientos ficticios. Realidad y ficción fundidas en una mezcla onírica, adulterada, impostora. Guiones improvisados, hojas de guión que interpretamos mientras vamos quemando, párrafos que quedan en el olvido.

¿Por qué sucede ésto?
¿Por qué vemos tan lejos personas que están tan cerca?
¿Por qué es tan difícil comprender al otro?

Quizá preguntas equivocadas
Quizá uno debiera preguntarse quién es el otro
Quizá uno debiera empezar preguntándose quién es uno, o, mejor dicho, qué es uno

Errores tras errores, preguntas erróneas unas tras otras, nos llevan a complicadas, enredadas e intrincadas obras teatrales carentes de guión, nos convierten en personajes huérfanos de autor, ciegos y sordos, palpándonos los unos a los otros, interpretando sin conocimiento, sin discernimiento ni raciocinio. Creemos creer que creemos saber que debemos golpear, y golpeamos al otro, que recibirá el golpe y actuará según lo que el azar escriba en la blancura provisional de su guión de renglones mezclados.

Ese es nuestro aparato cognoscitivo, nuestro libreto, leído por un ciego, interpretado por un sordo, declamado por un mudo. Eso sí, con estas herramientas, con estos imperfectos útiles, elaboramos fiables juicios sumarísimos, con los que redactamos graníticas e inapelables sentencias, y golpeamos… o amamos desde la lejanía, con un amor de papel, con latidos descompasados, sin música, sin armonía…

Quizá no vemos, oímos ni entendemos en los demás nada que no provenga de nosotros mismos, de nuestro propio guión. Toda información proveniente del exterior, del otro, es transformada en módulos, estructuras propias, adecuadas a nuestra necesidad, a nuestros latidos, a nuestros particulares flujos, a nuestra historia, desapareciendo absolutamente en el proceso toda conexión con la fuente original, el prójimo, el próximo. El resultado final es un conocimiento falso y despojado de verdad. Por ello no es posible la experiencia directa del otro. Estamos demasiado llenos de nosotros mismos para que quepa un solo aliento hermano, ni un nanogramo que no sea yo y más yo. Los llamamos “los demás”, pero no son más que elaboraciones propias, construidas utilizando piezas usadas, mil veces usadas, materiales de segunda mano.

EL OTRO, POR TODO ÉSTO, NO EXISTE.

El único camino para conocer al otro, PARA DARLE VIDA Y EXISTENCIA es experimentarlo, vivirlo, directamente, sin mediaciones. Y ésto sólo es posible si nos vaciamos de nosotros mismos. Sólo si vaciamos nuestra alma, si perdemos el miedo al vacío, a la desnudez, al desabrigo. Sólo así, quizá, podremos encontrar la puerta de entrada a la infinita sala de los prodigios. Sólo así, tal vez, vislumbremos el cáliz, la tierra prometida, la luz clara y cristalina… la comunión con el amigo, con el enemigo, con el desconocido... comunión profunda, abisal, verdadera: sin instrumentos, sin traducciones... gotas de agua que se unen en el fondo del mar...

Dejemos nuestros desvanes limpios como patenas, abramos puertas, postigos, ventanas... respiremos profundamente y demos camino libre a la intuición.

La grandeza del alma es inversamente proporcional a su tamaño

Démonos prisa porque, fijaos, las hojas, ya perdido su verdor, ya cobrizas, caen y caen, y los árboles dejan ver su desnudez…

martes, 12 de abril de 2011

Reflexiones desde el margen # 17

Añoranza...

Añoranza por lo perdido, en algún lugar del laberinto, del camino enmarañado, en alguna revuelta del vórtice cada vez más encerrado en sí mismo. Lo vivido por lo soñado. Lo soñado por lo sentido. Lo sentido por lo olvidado. Lo olvidado por lo vivido. La arena se escapa entre los dedos, sin poder atrapar destellos preciosos que sólo se vislumbran en su caída. Sinestesias del alma, sutiles, inefables, inasibles. Mensajes desde lo hondo como fumarolas submarinas, crípticos, herméticos.
Perdida la fluidez, la inmediatez, perdido el espíritu ancho y blando, calmado, silencioso, aéreo, susurrador, armónico, completo.
Hecho de menos esos hombres que fui, los niños que fui, y uno desea recuperarlos, rescatarlos del tedio, de la abulia, de la cobarde inercia, del olvido, del polvo. En algún lugar respiran en un sueño escindido, en algún cajón de vidrios rotos, entre reflejos incompletos. Todos ellos son lo que es que soy.
Reencontrarlos, dejarse inundar por su dulce álito. Hacer desaparecer la fractura y volver a ser sólo uno. Entonces podremos inmunizarnos borrando nombres, pronombres, palabras, señales identificativas, flechas, caminos. Volver a ser aire en el aire.

domingo, 3 de abril de 2011

Reflexiones desde el margen # 16

Tal vez…

Tal vez…
Tal vez quise decir que sí, cuando dije que no…
Tal vez quise decir ¡adelante!, cuando callé…
Tal vez quise mirarte a los ojos, cuando miré al horizonte…
Tal vez quise rozarte la piel, cuando guardé mis manos en los bolsillos…
Tal vez quise sangrar por tí, cuando tú sangrabas…
Tal vez quise ayudarte a iluminar la senda, cuando querías encontrar tu propio camino…
Tal vez quise callar, cuando necesitabas silencio…
Tal vez quise correr hacia tí, cuando me quedé quieto…
Tal vez quise susurrarte al oído, cuando grité…
Tal vez quise regalarte mi tiempo, cuando lo usaba sólo para mí…
Tal vez quise mirar mis culpas, cuando miraba sólo las tuyas…
Tal vez quise ser justo, cuando te exigía justicia…
Tal vez quise regalarte mi mirada, cuando miré hacia otro lado…
Tal vez quise morir por tí, cuando sólo vivía para mí…
Tal vez quise estallar en llamas, cuando necesitabas calor…
Tal vez…
Tal vez un tal vez sea un siempre
Tal vez un siempre sea un ahora
Tal vez… no tenga ya más sentido decir tal vez…

lunes, 28 de marzo de 2011

Reflexiones desde el margen # 15

Lo haré mañana...


Postergar: Lo haré mañana. Mañana lo conseguiré. Cuando se den las condiciones adecuadas será el gran momento. Confeccionaremos por supuesto un completísimo y ordenado sumario de condiciones necesarias, clasificadas por prioridades.
Mañana o dentro de tres meses, o tres años –mejor proponerse metas lo más lejanas posibles, aconsejable-.
Mañana.
Hoy no.
Hoy no se dan las condiciones.
Y el gran prestidigitador, el mentiroso que tenemos dentro, el que llamamos yo mismo, sigue actuando, haciendo trucos y juegos de magia consigo, para engañar a su propio público, inventándose el tiempo, convirtiéndolo en carcelero, susurrándonos sonidos como "mañana", "no", "desconfía", "miente", "eres inocente", "tú eres mejor", "grita tú más"... 
El gran prestidigitador es el gran mentiroso, el gran perezoso, y sobre todo el gran miedoso. Qué miedo de los otros prestidigitadores. El miedo se convierte en envidia, la envidia en juicio, el juicio en sentencia, la sentencia en golpe, o en otro truco, que provocará en el prestidigitador objeto/prójimo y próximo un arrebato en forma de envidia, la envidia se convertirá en juicio, el juicio en sentencia...
Pero no importa que estar atrapado entre tanto truco cree un poso fangoso bajo el agua cristalina de la conciencia, un ruido de fondo siempre presente, la angustia, soterrada, activa, la sorda sensación, casi táctil, de no tener salida. Cuánta angustia. Se respira en el aire. Rodea a la gente como un gas cálido y denso. Es agotador ver semejante espectáculo, y poder sólo constatarlo, documentarlo.

No importa, digo, porque siempre queda el mañana.

Tengo que hacer planes para mañana, por que, claro, entendedme, hoy no se dan las condiciones.

Notita al final: rebeldía lúcida, dignidad desnuda, creatividad, honor, cierta mística... recetas contra la inacción y la cobarde inercia. Ya hablaremos de ello, porque...
...miradlas, las hojas de Otoño siguen cayendo... alfombrando el suelo de cobre y oro...