Plaza de Tahir, 12 de Febrero
Una imagen: sábado 12 de Febrero: cientos de personas reconstruyendo la Plaza de Tahir, trozo de baldosa a trozo de baldosa, aglutinados y movidos por una misma fuerza, primigenia, originaria, atávica, muy anterior a lo infantil. Un renacimiento de la auténtica democracia? No. Algo mucho más previo y básico. Organizados sin organizadores. Entendiéndose sin palabras. La sonrisa en los labios y la alegría emergente como géiser que surge desde lo profundo y oscuro. Un arpa en cada corazón, preñada de notas armónicas con las de los demás. Ni una sóla atonía. Y todos agachados, recomponiendo cada centímetro...
Sobrecogedora imagen. ¿No intuís un atisbo, un brote, de inocencia primaria, original?. Esa inocencia anterior a la era del ego; inocencia que es potencia, sin miedo, toda libertad, sin angustia -sin angosturas-, plena de espacios abiertos.
Cuánto durará la música, antes que aparezcan las primeras notas desafinadas y todo se convierta en ruido?
Un retoño en un erial seco, una preciosa burbuja... de vida fugaz. Lástima.
Declaración de intenciones
domingo, 13 de febrero de 2011
lunes, 7 de febrero de 2011
Reflexiones desde el margen # 8
La alegría y otras emociones
Alegría, como fumarolas submarinas, abisales. No está mal. La alegría, como la melancolía o la ansiedad, es un estado de ánimo oscuro, de profundas raíces que se adentran en la conciencia/materia que somos, funcionando como una vía de subida de lo oscuro a lo claro. Me explico. Creo que la alegría funciona siempre de abajo arriba. Reacciones químicas, consecuencia de reacciones químicas, consecuencia a su vez de otras reacciones químicas –así hasta no acabar-, en el seno de ese mundo oscuro que es la intimidad de la materia, tienen como consecuencia, de forma caótica, sin orden, sin propósito, el desarrollo de una conexión con la superficie, una especie de emergencia, abriéndose un puerto in/out hacia la propia percepción y, por tanto, el yo y el otro. La percepción es de placer, expansión, gozo. A la percepción se le asocia inmediatamente una causa. Se le inventa una causa, sobre la marcha, ya que estamos diseñados para construir un mundo habitable, comprensible, computable, asociando vínculos entre significantes y significados. Y también comunicable. Lo que no tenía propósito ni causa, ahora ya forma parte de un relato, que será también el relato de otros. De esta manera el hombre construye la historia. Lo oscuro emerge y se transmuta en algo que nada tiene que ver con el inicio de semejante movimiento. Así nace también el tiempo, consecuencia de la enumeración consecutiva de las percepciones.
Alegría, como fumarolas submarinas, abisales. No está mal. La alegría, como la melancolía o la ansiedad, es un estado de ánimo oscuro, de profundas raíces que se adentran en la conciencia/materia que somos, funcionando como una vía de subida de lo oscuro a lo claro. Me explico. Creo que la alegría funciona siempre de abajo arriba. Reacciones químicas, consecuencia de reacciones químicas, consecuencia a su vez de otras reacciones químicas –así hasta no acabar-, en el seno de ese mundo oscuro que es la intimidad de la materia, tienen como consecuencia, de forma caótica, sin orden, sin propósito, el desarrollo de una conexión con la superficie, una especie de emergencia, abriéndose un puerto in/out hacia la propia percepción y, por tanto, el yo y el otro. La percepción es de placer, expansión, gozo. A la percepción se le asocia inmediatamente una causa. Se le inventa una causa, sobre la marcha, ya que estamos diseñados para construir un mundo habitable, comprensible, computable, asociando vínculos entre significantes y significados. Y también comunicable. Lo que no tenía propósito ni causa, ahora ya forma parte de un relato, que será también el relato de otros. De esta manera el hombre construye la historia. Lo oscuro emerge y se transmuta en algo que nada tiene que ver con el inicio de semejante movimiento. Así nace también el tiempo, consecuencia de la enumeración consecutiva de las percepciones.
¿Existe una manera diferente de actuar ante ésto? Puede. Parece imposible o al menos improbable que uno pueda gobernar el proceso caótico interior, el hardware y sus emergencias. Sería como pretender ver el reflejo propio en la superficie de un estanque de aguas tranquilas, estando sumergido en su interior. Pero uno puede observar, sin actuar, todo el proceso. Se abren nuevas expectativas, posibilidades. Dejar ocurrir, sin intervenir. No dar el siguiente paso, es decir la interpretación a partir de la percepción, la invención del mundo habitable y seguro. Hacer esto nos aleja de la realidad, nos hace vivir en un mundo inventado de ficción. No hacerlo, nos acerca al margen, justo desde donde asomarnos al espacio profundo del mundo previo a las palabras.
Mientras, mirad... las hojas caen una tras otra...
Reflexiones desde el margen # 7
Vivir al pairo
Vivir al pairo, sin pretender captar el instante. No hay instantes que capturar, sólo esperar alerta el buen viento, con los aparejos listos. Quizás así uno consiga conjurar el hechizo que llamamos tiempo.
Vivir al pairo, sin pretender captar el instante. No hay instantes que capturar, sólo esperar alerta el buen viento, con los aparejos listos. Quizás así uno consiga conjurar el hechizo que llamamos tiempo.
A veces me funciona la abstracción, el alejamiento real, deslizándome a la parte de mí más originaria: el espectador silencioso multidimensional, sin edad, sin tiempo y sin porqué.
Sólo a veces...
...mientras me envuelve la fragancia de las hojas de invierno, recién caídas, humedecidas por la lluvia.
jueves, 13 de enero de 2011
Reflexiones desde el margen # 6
La forja de la identidad
Una bobada esto de ser forjador, creador y señor de uno mismo: crees habitar un pequeño terrenito y aspiras a ser un gran terrateniente, gobernador de una enorme hacienda, envidia de vecinos; un sitio donde levantar vallas, establecer aranceles, aduanas fronterizas, normas de conducta inquebrantables so pena de castigo ejemplar. Para ello refuerzas tus armas ofensivas y defensivas, endureces a fuego tu voluntad como principal instrumento y proclamas con voz altanera: ¡debo ser YO MISMO! Toda una misión, una aventura magna, inconmensurable, heroica. Serás admirado aplaudido y envidiado. Pero no hay de qué preocuparse, tienes armas poderosas con las que combatir al enemigo, porque, si no, ¿qué clase de terrateniente serías si no puedes defender las fronteras de tu propiedad?...
Qué hartazgo.
Una bobada esto de ser forjador, creador y señor de uno mismo: crees habitar un pequeño terrenito y aspiras a ser un gran terrateniente, gobernador de una enorme hacienda, envidia de vecinos; un sitio donde levantar vallas, establecer aranceles, aduanas fronterizas, normas de conducta inquebrantables so pena de castigo ejemplar. Para ello refuerzas tus armas ofensivas y defensivas, endureces a fuego tu voluntad como principal instrumento y proclamas con voz altanera: ¡debo ser YO MISMO! Toda una misión, una aventura magna, inconmensurable, heroica. Serás admirado aplaudido y envidiado. Pero no hay de qué preocuparse, tienes armas poderosas con las que combatir al enemigo, porque, si no, ¿qué clase de terrateniente serías si no puedes defender las fronteras de tu propiedad?...
Qué hartazgo.
¿Crearse a sí mismo? No. Quizás abrir puertas y dejar que el complejo sistema de paradojas que soy/somos funcione sin gendarme, convirtiendo todas esas pequeñas reacciones químicas en palabras, en lenguaje, para, de alguna manera, llegar a un sitio no visitado, en el que el mismo lenguaje es superado por algo más previo, atávico, originario. Avanzar para retroceder. Y, en el mismo extremo, girar en un mismo punto, para no moverse de donde empezamos. Entre medias, la ilusión de identidad se desvacece.
Crear orden en el caos, o recrear el caos dentro del orden. Aprender a vivir en el filo, alerta, en ese lugar donde ya no existe el orden, porque no hay nada que temer, donde los aranceles y aduanas han desaparecido y el sentido de propiedad ya no tiene sentido, porque ya no es necesario ningún sentido para nada.
Un mundo sin conceptos –esas pequeñas cárceles-, en el que las palabras –los carceleros-, sean barridos como el viento se lleva la hojarasca. Un mundo que descubrir juntos, sin armas, sólo con miradas, roces de manos, música añorada. Un sitio que recorrer en el que yo me fundo en tí y tú en mí, un sitio donde desaparecer en el otro, donde la identidad es algo que ya no se conoce, donde ya no se odia a nada ni a nadie por que el miedo ya se fue. Y quedarse allí, quedarse aquí. Allí, aquí, no existe diferencia. Tan sólo el obstáculo para la reunión intuida es un espejo, una propiedad, unas vallas….. mientras nos fundimos con las hojas doradas desprendidas de los árboles, en su zigzagear mecidas por el viento.
lunes, 10 de enero de 2011
Reflexiones desde el margen # 5
Bla, bla, bla
Tedio, levedad, indolencia, desgana, desconexión interior, abotargamiento de los resortes biológicos de la unidad cuerpo/espíritu –pura biología-, inaccesibilidad al funcionamiento vegetativo/automático/mental, ignorancia puntual, pues. Imposibilidad de teclear el “enter” de la mística interna de uno. Opacidad. Ausencia de creatividad, que es el fruto del silencio alerta.
Tedio, levedad, indolencia, desgana, desconexión interior, abotargamiento de los resortes biológicos de la unidad cuerpo/espíritu –pura biología-, inaccesibilidad al funcionamiento vegetativo/automático/mental, ignorancia puntual, pues. Imposibilidad de teclear el “enter” de la mística interna de uno. Opacidad. Ausencia de creatividad, que es el fruto del silencio alerta.
No experimento silencio, sólo oigo un bla-bla-bla en la cabeza aturdidor, inconexo, autocomplaciente. Dejo que suene como le de la gana. Me da igual.
Poca cosa, en definitiva, en el día de hoy.... mientras veo caer las hojas
domingo, 9 de enero de 2011
Reflexiones desde el margen # 4
Fluidez e inocencia
La fluidez y la inocencia. ¿Cómo hacerlos compatibles con un “estar a salvo”? Me refiero a estar a salvo de mal entendidos, sobreentendidos, prejuicios… todo aquello que hace imposible una relación con los demás basada en la sinceridad, en la autenticidad en la expresión, en la verdadera comunicación. Innumerables escollos que impiden una mirada limpia, una relación limpia. Demasiado ruido en las cabezas, un parloteo interminable metomentodo y alcahuete, adulterador, tergiversador, trabucador, interesado, cínico y malintencionado.
La fluidez y la inocencia. ¿Cómo hacerlos compatibles con un “estar a salvo”? Me refiero a estar a salvo de mal entendidos, sobreentendidos, prejuicios… todo aquello que hace imposible una relación con los demás basada en la sinceridad, en la autenticidad en la expresión, en la verdadera comunicación. Innumerables escollos que impiden una mirada limpia, una relación limpia. Demasiado ruido en las cabezas, un parloteo interminable metomentodo y alcahuete, adulterador, tergiversador, trabucador, interesado, cínico y malintencionado.
Callarlo es posible. La consecuencia es descubrir que detrás de la canalla neblina cegadora existe vida, que por encima de la espesa capa de nubarrones brilla un limpio cielo azul.
El precio es la soledad. Es lo que se paga por volver a ser niño, porque ya nadie te acompaña, estás sólo. Cuando eras cronológicamente niño todo era más fácil, todo el mundo era como tú, mejor dicho: todo el mundo eras tú. Imposible estar sólo, la comunicación era directa, sin necesidad de mecanismos intermediarios corruptores, la fluidez y la inocencia eran no sólo posibles sino que eran la herramienta vital natural.
Hoy visito los parajes de mi niñez, de mi nueva niñez, de mi adulto-niñez, y sólo veo fantasmas. Volviendo-siendo-sin dejar de haber sido nunca, bajito como un niño, veo desde muy alto, y no veo a nadie a mi lado bajito como yo, sólo veo angustia y sufrimiento en los que oigo respirar de cerca, odio y frustración, sólo ceguera y hambre de justicia, una justicia que, obviamente no les llega, porque no comprenden que en el mundo real, el de los niños, no existe justicia, que es un invento de gente muy lejana de la pureza de los orígenes, de gente que ha crecido olvidándose que un día fueron reales. El mundo real carece de palabras inventadas: justicia, orden, derecho, beneficios, prioridades… conceptos sacados de no sé qué giro corrompido de la evolución social heredable de una generación a la siguiente, durante milenios, hasta llegar a nosotros. En el mundo real se ve tan claro que no hacen falta jueces ni juicios, orden y ordenanzas. Pero vivimos una farsa aburrida, una mala opereta. El acceso a lo real lo destruimos hace tiempo, dedicándonos a vivir una vida prestada de mal guión de pastiche. Eso sí, queremos justicia, ¡tenemos derecho!, ¡debéis haced esto y aquello por mí, no penséis ésto sino lo de más allá!… y bla, bla, bla, la cotorra prosigue con su cháchara parlanchina sin cesar, bajo los focos de teatro barato, delante de un público sordo, ciego, con los cerebros paralizados por sus respectivas cotorras, generando un ruido ensordecedor, generando toneladas de angustia, de pánico, de miedo, de aturdimiento, de muerte.
A Buda, Cristo, gente extraordinaria, les gustaba la presencia de los niños. Sin duda ellos eran niños. Pero no les predicaron a ellos, sino a la gente del teatro, de la vida irreal, a la gente que necesitaba volver a recuperar el silencio, el sueño limpio, la vida perdida. A los niños les hablaban como a iguales, con el lenguaje no corrupto de la fluidez y la inocencia.
Volvamos a ser seres fluidos, dúctiles... porque mirad allí... las hojas siguen cayendo.
sábado, 8 de enero de 2011
Reflexiones desde el margen # 3
El odio y otras emociones
Odio. No es un sentimiento, es una solución, una herramienta, la solución de los mediocres. Seres incompletos entre la propia ausencia y la extrañeza provocada por los demás. Un arma bien calibrada defensora de la fortaleza del yo pétreo e involutivo, que vive sólo para autoperpetuarse. El yo no es la identidad. La identidad está bien -siempre, claro, que uno se la tome a broma-. El yo es más bien un producto de la evolución, en forma de conductas, automatismos, respuestas programadas ofensivas –siempre ofensivas, hasta cuando parecen defensivas-, cuyo único objetivo es la autopermanencia inmutable. Un experimento de la evolución que parece haberse refugiado en un lugar al margen de la propia evolución -que es continua contingencia/emergencia/cambio dentro de lo plural y lo diverso-. Cuando la unidad –materias trascendentes y conscientes,- se reduce al yo, éste es el que impone sus cobardes reglas, siendo su más mortífera herramienta el jodido odio, basado como digo en la cobardía, la desconfianza, la suspicacia contra, sobre todo, lo semejante, lo que amenaza con su simple existencia la exclusividad propia. O sea, contra los demás. Aplastar de alguna forma al otro de una u otra forma, parece la única manera de perdurar.
Odio. No es un sentimiento, es una solución, una herramienta, la solución de los mediocres. Seres incompletos entre la propia ausencia y la extrañeza provocada por los demás. Un arma bien calibrada defensora de la fortaleza del yo pétreo e involutivo, que vive sólo para autoperpetuarse. El yo no es la identidad. La identidad está bien -siempre, claro, que uno se la tome a broma-. El yo es más bien un producto de la evolución, en forma de conductas, automatismos, respuestas programadas ofensivas –siempre ofensivas, hasta cuando parecen defensivas-, cuyo único objetivo es la autopermanencia inmutable. Un experimento de la evolución que parece haberse refugiado en un lugar al margen de la propia evolución -que es continua contingencia/emergencia/cambio dentro de lo plural y lo diverso-. Cuando la unidad –materias trascendentes y conscientes,- se reduce al yo, éste es el que impone sus cobardes reglas, siendo su más mortífera herramienta el jodido odio, basado como digo en la cobardía, la desconfianza, la suspicacia contra, sobre todo, lo semejante, lo que amenaza con su simple existencia la exclusividad propia. O sea, contra los demás. Aplastar de alguna forma al otro de una u otra forma, parece la única manera de perdurar.
Este es el pan nuestro de cada día.
Bregar con ello me produce a ratos cierto tedio, cansancio.... mientras las hojas continúan cayendo.
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